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¿A qué vinimos hoy...? (Para golfistas enojados)

Una cuestión con respuestas múltiples. Quizá deberíamos preguntarnos ¿lo disfrutamos?, probablemente con esa otra duda encontremos mejores contestaciones.

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La gran mayoría de los golfistas –amateurs- que conozco tienen el claro fin de pasar un buen momento y divertirse. No obstante es común verlos preocupados y a veces enojados, cuando por ejemplo ven que su ejecución no fue perfecta o la misma tuvo un destino errático y desastroso… Una lástima.

Un desperdicio de alegría diría, porque esas sensaciones ‘feas’ se acumularán a lo largo de los hoyos que juguemos y se irán retroalimentando con un resultado final desagradable, de amargura y desgano que se transformarán en displacer.

Un raro tormento masoquista que nos auto infringimos los amateurs hasta que por fin, caemos en entender que cualquier buena ejecución que hagamos, será de pura casualidad… Lo real y lo normal para nosotros es precisamente lo otro.

Con honestidad bruta, diría que podemos sentirnos contentos con que tan sólo 1 de los 100 tiros que hagamos nos salga perfecto. Ese golpe además, será el que nos hará volver la semana próxima…

A partir de aquí, no intentaré proponer ningún ejercicio de conformismo, por el contrario, intentaré explicar un mecanismo mental por el que muchos amateurs (que son los que más conozco) nos enfadamos, maldecimos y condenamos nuestras propias ejecuciones, en lugar de entender objetivamente el proceso que nos lleva a ser erráticos, que en realidad es normal, esperable y hasta inevitable si es que no hacemos nada distinto para que alguno de nuestros mil errores desaparezcan.

Cuando podamos analizar con frialdad y sentido común nuestra propia performance, seguramente sacaremos conclusiones positivas que nos permitirán ver tres temas: 1) lo que realmente somos, 2) lo que hacemos y 3) cómo cambian nuestras sensaciones de displacer para convertirse en ‘disfrute’…

¡¿Disfrute por errar..?! Sí, definitivamente es así y trataré de explicarlo:

Partamos de la base que todo ser humano, desde que comienza su día hasta que se duerme nuevamente, posee en su mente una especie de programa (una “App” como en los celulares) dedicada exclusivamente a comparar. Y no se apaga…

En efecto, tenemos un ‘chip’ que lo único que hace es comparar situaciones, gestos, actitudes, figuras, sonidos, gente, sabores, temperaturas, alturas, velocidades, limpieza, en fin… todo aquello que día a día nos rodea. Pero como además somos exigentes y siempre queremos lo mejor, las comparamos precisamente contra el mejor parámetro que pudimos conocer y retuvimos en nuestra memoria en un cajoncito que guarda todo lo de buena calidad. Y eso no está nada mal.

Un perfume nos resultará más atractivo porque mentalmente guardamos la ‘frecuencia’ que decodificamos con su fragancia y entonces lo comparamos con el que ahora olemos. Un determinado carácter nos resultará hostil, incompatible, negativo o cualquier otra sensación contraria a la amabilidad, simpatía, cordialidad, etc., porque en algún momento conocimos esos rasgos en otra persona, o inclusive la comparamos con nosotros mismos, que fuimos ‘formados’ con otro tipo de características de trato y relaciones. Precisamente de ahí surgirán las primeras empatías y antipatías.

Y las comparaciones seguirán… ‘en automático’ durante todo el día, por toda nuestra vida. Desde que nos miramos al espejo del baño cuando nos despertamos, tratando de ver si estamos más flacos que ayer, o nos vemos más jóvenes, más apuestos, o con un peor semblante que anoche… comparamos y seguimos comparando.

Comparamos hasta el saludo y la gentileza de quien nos acompaña en esa mañana, de quien nos advierte amablemente (o no) de nuestra llegada al trabajo, quien nos sostiene la puerta del ascensor para que podamos subir, quien nos ofrece un sabroso café, o cualquier otra situación que nos sirve para formarnos el ‘buen’ humor que tendremos ese preciso día de nuestra vida.

Nuestro carácter -en definitiva- se conformará por la sumatoria casi infinita de las sensaciones que percibamos.

O acaso no escuchamos: ¿Qué bicho le picó...? o ¿Qué te ha pasado en tu trabajo para que reacciones así en casa con tu familia? O peor aún: ¿Quién te trató tan mal para que nos trates de esa forma?

Ahora acerquémonos un poco más al Golf.

Con todas las actividades pasará algo similar. Con el trabajo, nos compararemos con quienes eventualmente sean nuestros líderes, jefes o referentes en alguna actividad; preguntándonos qué cosa deberíamos hacer o nos falta incorporar para lograr parecernos, imitarlos y si es posible, superarlos en aquello que consideramos virtudes.

La cuestión ahí, será no desmotivarnos ni amargarnos al comprarlos con nuestras posibilidades reales (con nuestros límites) si es que no podemos alcanzar eso que queremos, con la velocidad que deseamos y sin invertir esfuerzos para aumentar nuestra experiencia y conocimiento, en eso que ahora nos distingue del líder con el que nos comparamos.

Pero a diferencia del Golf (salvo que éste sea el trabajo del cual vivimos), en nuestro ‘empleo tradicional’ encontraremos más posibilidades para modificar lo que consideramos perfectible para nuestra actividad. La estructura misma de la empresa donde trabajemos nos ayudará a progresar, estudiar, perfeccionarnos, acceder a otras opciones que en definitiva incrementarán nuestro perfil y nos dejará ver que existe una ‘escalera’ que podríamos subir; que todo el esfuerzo que pongamos en lograrlo será considerado gratificante, comenzando por quienes nos pagan para que ello suceda, ya que existirá un beneficio o retorno sobre dicha ‘inversión’. Pero siempre serán acciones vinculadas a nuestro trabajo.

Cualquier otro tipo de inquietud de superación no relacionada a nuestras responsabilidades laborales, será prácticamente inaccesible para nuestro beneficio personal. No conozco a ningún trabajador dependiente que haya solicitado y accedido, por ejemplo, a un curso pago de especialización en juego corto, dictado en una clínica de Golf en Miami… Es más, no creo que a ninguna persona cuerda se le haya ocurrido algo semejante.

Con esas expectativas, claras, concretas, reales, que nos pertenecen y forman parte de nuestro perfil y vida cotidiana; la práctica y posterior ejercitación de cualquier disciplina deportiva (además del Golf) quedarán a cargo en tiempos y costos, de quien decida realizarlo. Obviamente luego de cumplir con las responsabilidades y fuera de los horarios y días laborales.

Así las cosas, trabajamos y cuando podemos (si el clima lo permite) jugamos Golf; a nuestra entera responsabilidad por lo que sepamos hacer, entonces… un sábado cualquiera estaremos parados en el tee del 1, sosteniendo nuestro driver (ese que nos costó una discusión para convencerla de que sería la mejor inversión de nuestra vida deportiva…), con una cantidad y calidad de experiencias generadas, acumuladas y pagadas por nosotros mismos, intentando aprovechar las breves 4 horas de nuestro tiempo libre, pero además de todo… seguiremos comparando.

Trataremos de imitar y a veces hasta de ‘perfeccionar’ el gran tiro que hizo nuestro ídolo, el Pato Cabrera, ese profesional que –casualmente- trabaja de golfista cada día de su vida mientras nosotros estamos detrás de un escritorio unas 40 horas semanales. Pero pensándolo mejor: ¿somos tan comparables…?

Está muy bien que deseemos ganar, bajar el hándicap, acumular conocimientos y experiencia en el Golf y competir con quienes persiguen las mismas metas; pero está mucho mejor aún, para nuestra psiquis, disfrutar cada golpe, los amigos y cada minuto de esas 4 fugaces horas semanales que le dedicamos a esta disciplina, con puro placer, con toneladas de sacrificios a nuestro cargo, donde además deberíamos sumarle el tiempo que nos alejamos de casa y la familia.

Mi viejo y querido profe me hablaba así: “_Marce… decime una cosa: dedicándole solamente el 10% de las horas que le dedicas a tu trabajo, ¿qué cosa pretendes lograr aquí ?? (Me lo decía cuando me veía maldiciendo cada golpe fallido en un ataque de locura por convertirme instantáneamente en Tiger), y seguía:

_Porque si me contestas que tu deseo es jugar como un profesional, querido amigo, debo decirte que estás andando por el camino equivocado. Para ello, te recomiendo dos cosas, que mañana mismo renuncies a tu trabajo y comiences lo más rápido posible con la práctica seria del Golf. Eso es, todos los días, ocho horas por día y por toda la vida que dure tu carrera deportiva… (Pero a pesar de todo amigo, nunca te aseguraré que dejes de maldecir cada golpe fallido)”

Disfrutemos hasta de los errores, porque es muy lógico y esperable que tengamos muchos. No maldigamos más y seamos felices, conscientes que estamos ahí en un campo de Golf, pisando un pasto magnífico y único, respirando un aire puro y en contacto con lo esencial, con el placer de poder gozar cada segundo de ese tiempo personal que nos auto-regalamos…

Apaguemos por unas horas (si podemos) el proceso de comparaciones que también se quiere meter con nuestro swing, con nuestra precisión y potencia; seamos genuinamente nosotros con nuestras auténticas características de juego.

Hasta la próxima..!

Marcelo H. Barba
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Comentarios de los miembros
VOLTA CARLOS MARCIAL
Club: A Designar
09/08/2017 15:37

Muy buena nota Marcelo. Hace 3 meses que empecé a practicar golf y siempre está ese momento de locura cuando lo importante es disfrutar de este deporte. Saludos y que andes muy bien.

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